Los obstáculos como trampolín

Defiendo que joven es todo aquel que tiene mi edad o menos. Expresado de otro modo: todos vamos acumulando juventud. El paso de los años contribuye a disminuir el pudor que dificulta compartir vivencias que pueden resultar de utilidad.

Aprovecho una tarde en la que de un papirotazo se han elevado las temperaturas para plasmar en papel un suceso de mi biografía. Quien lo ejecutó deseaba que fuera un trompazo, pero mucho me ha favorecido. En mis Memorias, redactadas pero no publicadas por el momento, detallo mucho más lo aquí garrapateado. 

Brevemente: heterogéneos vericuetos me trasladaron a Italia durante un sexenio tras concluir mi primitivo grado universitario. En la ciudad de los césares redacté y presenté mi primera tesis doctoral, que trató sobre el concepto de Causa sui en Descartes. Concluida la investigación, continué durante cuatro años más y por motivos laborales en la tierra que vio nacer a Dante.

Regresado a España, me incorporé como directivo a una multinacional de dueño. En aquellos años, viajé por numerosos países auditando compañías de diversos sectores, propiedad de un ejemplar empresario que, por avatares de una crisis financiera, acabó por desmembrar con celeridad su imperio. Muchos le debían favores, pero pocos le ayudaron. Me confío que yo era el único amigo que le había quedado…

Puse entonces en marcha una firma de asesoramiento para emprendedores noveles. Expedito transité, junto con un socio, a propietario de una compañía de vending que expandimos mediante franquicia por buena parte de España.

La agitación con la que viví aquellos años provocó que mi sensato progenitor me recomendase realizar una segunda tesis doctoral, en este caso en economía, materia para la que me había preparado durante varios años como directivo además de haber culminado varios posgrados. Culminé la tesis en un tiempo récord, gracias también a un extraordinario director: José Luis García Ruiz. Aclaro que, frente a un risible primavera aficionado a volar en jet privado por cuenta ajena, aquella investigación la realicé personalmente desde la primera a la última letra. 

Incorporado a una universidad privada, pensé dedicar mi vida a la enseñanza. Al poco, tanto el director de recursos humanos como el presidente, conocedores de mi pasado, solicitaron mi asesoramiento y también la dirección de un proyecto para líderes hispanoamericanos. ¡Cuántos amigos acopio desde entonces al otro lado del Atlántico en todos los países de habla española!

Ante la noticia de que pensaban incorporar a un docente procedente de una universidad pública, informé de la lamentable fama que precedía a aquel individuo. Para conocer la inconsistencia de aquella criatura bastaba consultar el listado de sus obras tal como figura en el elenco oficial del Ministerio: acumulaba 68 publicaciones, todas aparecidas ¡el mismo año!, todas auto editadas y todas, trabajos de sus alumnos con un escueto prólogo que justificaba que se las atribuyera. Así había obtenido la cátedra con el torticero apoyo de su protector alcalaíno, vertiginosamente arrepentido de haber promovido a semejante sujeto. Nada había editado ni antes ni después y si como investigador era una nulidad, como directivo era deplorable. De la negligente selección de aquella institución hay múltiples ejemplos. Entre otros, un vicedecano que acabó en la cárcel por violencia conyugal y buscado también por recepción de sobornos cuando transitó a la política. O un anodino decano de quien lo menos malo que podía decirse era que parecía siempre estar de luto.

En breve lapso, profesionales con rodaje y anhelos de atender a los alumnos abandonamos aquel barco huyendo del vejamen público, pues no deseábamos que nuestro nombre fuese ligado a una institución que traicionaba su compromiso de ofrecer seriedad y rigor a quienes abonaban suculentas mensualidades ignorantes de las garras en las que caían sus vástagos.
 
Salir de aquel antro fue una granjería. Desde entonces y hasta hoy -¡han pasado lustros!- he tenido oportunidad de trabajar en docenas de países ofreciendo servicios profesionales a centenares de organizaciones públicas y privadas. Lo relevante no es lo que algunos desaprensivos quisieron hacer con nosotros, sino lo que cada uno de nosotros hemos hecho con los comportamientos con los que otros quisieron perjudicarnos.

Tardé años en entender el bien que, sin desearlo, me había procurado, entre otros insustanciales profesionales, aquel que se pavoneaba de ser grande de España, de haber inventado internet y de mil ficciones más que en sus desvaríos locoides acabó quizá por creerse. 

Cuando ahora acuden a mí en busca de consejo, en ocasiones extraigo enseñanzas de libros, casos empresariales o sucesos ajenos. Lo más valioso, sin embargo, procede casi siempre de esas experiencias vitales que en caliente es complejo asimilar. Por eso, hemos de evitar juzgar con apasionamiento y cercanía lo que nos sucede. El paso del calendario facilita extraer el máximo jugo a cada una de esas contradicciones con las que la vida nos va regalando. 

Si no hubiera tropezado con los espurios comportamientos apenas esbozados, difícilmente hubiera estado en condiciones de ofrecer los servicios profesionales que vengo aportando.

Siguiendo a Romano Guardini, recuerdo que prácticamente todos antes o después tropezamos con similares valladares. Resulta esencial contar con quien nos descifre las claves que nos permitan afrontar de manera creativa los zarpazos de esas fieras corruptas y corrupias que anhelan reducirnos al silencio. Difícilmente se puede lograr en soledad, porque la tendencia puede consistir en azacanarnos en lamentos o incluso caer en depresiones exógenas. Yo tuve la fortuna de contar a mi lado con una persona que me tradujo el sentido de aquellos sucesos. Ahora soy yo quien en múltiples ocasiones transcribo a otros el profundo sentido que, para sus existencias, tanto a nivel personal como profesional, ocultan esas zancadillas de las que nadie estamos exentos. ¡Qué bien apunta Igor González de Galdeano escarmientos paralelos en su reciente Pedaleando hacia el éxito (Kolima)!

Nietzsche afirmaba que lo que no nos mata nos hace más fuertes. El concepto es claro, la dificultad se halla en saber aplicar ese principio general en las circunstancias concretas en las que experimentemos el afán de terceros por hundirnos.

Para quien se esfuerza por trabajar con rigor técnico y estándares éticos, sin perjudicar a nadie de forma voluntaria, lo mejor siempre está por llegar. Agradezco por eso de corazón a quienes por negligencia técnica y/o ética facilitaron mi salida de aquella organización. Sin ellos, mi hora en el escenario -Shakespeare dixit- no estaría siendo tan intensa y no podría haber auxiliado a tantos. Un coach, un asesor de líderes, debe estar calvo o peinar profusas canas. 

 

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