El reino del revés

María Elena Walsh fue una poetisa, escritora, cantautora, dramaturga y compositora argentina, famosa por sus obras infantiles. En una de sus más afamadas canciones nos invita a explorar el ‘reino del revés’. En este lugar imaginario pasan cosas insólitas, tan insólitas que causan gracia. Es una creación fantasiosa, inocente, que entretiene a los niños porque es creativa e ingeniosa, interpretada por una señora de ojos grandes y azules, bonachona y simpática, de voz dulce y sensible. Pero como muchas cosas en la vida, y en la obra de Walsh, no son solo lo que aparentan. La canción es, también, una síntesis de una realidad nacional frustrante, una descripción poética de un orden social que se aleja de la meritocracia con pavor. Su autora es, también, una activista de la democracia y de los derechos de la igualdad de género y la sexualidad. María Elena Walsh no es solamente esa voz que entretiene, sino también esa mente aguda que observa, critica, y denuncia las irregularidades de su época.

El tiempo que inspira las lecturas de la realidad de María Elena Walsh es aquel de la oscura dictadura militar argentina de finales de 1970 y principios de los ochenta. Tiempos de abuso de autoridad, accionar oficial secreto y delincuencial, sólida inestabilidad institucional. Un caldo de cultivo perfecto para la discrecionalidad y la consecuente falta de meritocracia. Hoy, 30 años después, el panorama argentino presenta avances en el plano democrático: se celebran elecciones libres y transparentes regularmente, y los gobiernos se suceden en orden y de manera casi civilizada. Pero, en relación a su economía y orden social, la Argentina sigue siendo, tristemente, el mismo reino del revés. Los problemas de una nueva época se suman a los de las anteriores sin resolución y, como expedientes en despachos judiciales, son una prueba desesperante de la imposibilidad del sistema y los sucesivos gobiernos para garantizar un servicio público eficiente.

En el reino del revés, ´Un ladrón es vigilante y otro es juez´, dice la canción. 

Argentina 2020 nos trae imágenes de tomas de tierra por parte de grupos organizados que no tienen vivienda y deciden ocupar terrenos que pertenecen a otros. Escrituras mágicas que, en cajones del reino del revés, cambian de nombre una y otra vez, sin el visto bueno de escribano alguno y el consentimiento de los, antes, felices propietarios. Las tomas de tierras son el delito flagrante que mejor visibiliza la vulnerabilidad del derecho a la propiedad privada. Y el respeto por la propiedad privada es, a su vez, el indicador más fehaciente de la seguridad jurídica de un país. Las tomas de tierra son, además, un doble termómetro. Por un lado, refleja la desesperación de un grupo, y por el otro, la negligencia de las autoridades. Es un círculo vicioso. Un grupo de ciudadanos atrapado en una cotidianeidad terminal que desafía la legalidad y a las fuerzas de seguridad. Unas fuerzas de seguridad que aguardan las siempre débiles órdenes de demagogos funcionarios. Funcionarios que presentan argumentos frente al delito flagrante como si estuviéramos ante la necesidad permanente de redefinir el concepto, para dar señales sobre el camino que deberían tomar los jueces. Jueces miembros de una corporación que ha decidido, ya hace rato, quitarle el velo a la justicia, y se pierde entre diatribas y discusiones semánticas que la sociedad, cliente último y única razón de su existencia, ya no tolera. Una corte suprema que actúa lento, como si actuar rápido fuera injusto. Un ex juez de la corte que, garantista hasta la médula, y baluarte de la igualdad pour la galerie, cobra una pensión que es 50 veces más que el salario mínimo vital y móvil. El reino del revés resulta vago para describir a la más grande provincia argentina que, en el 2020 y durante una pandemia, tiene a sus contribuyentes confinados, sin poder moverse de sus casas, y a sus delincuentes circulando libremente.

En el reino del revés, ´Dos y dos son tres´ dice la canción. 

La inflación y la devaluación constante que ha sufrido la moneda argentina desde el año 1983 hace imposible la planificación de cualquier tipo. Ni empresas ni familias pueden hacer el cálculo más básico de retorno de una inversión. Las inversiones privadas son pocas y esporádicas, responden a oportunidades puntuales con alto riesgo y mucha ganancia, solo atractivas para quienes no tienen mucho que perder. El consumo es, muchas veces, incentivado por la necesidad de quitarse de encima los pesos acumulados por temor a que pierdan su valor. Otras veces, el incentivo es comprar bienes de primera necesidad, alimentos, adelantándose a su aumento de precio. El ahorro, cuando existe, enfrenta al ahorrista con dilemas inescrupulosos y complejos, como la compra de divisa extranjera o de propiedades en el exterior, con los consecuentes vericuetos de los múltiples tipos de cambio y grises legales. En el reino del revés de la Argentina del 2020, como en la canción, los números no cierran: la tasa de pobreza es del 40 %, pero los funcionarios declaran que es menor que en Alemania. Con la misma impunidad intelectual un gobierno explica que una fórmula que ajusta automáticamente los salarios jubilatorios por inflación, es más perjudicial para sus beneficiarios que los aumentos esporádicos y discrecionales de un gobierno. O que medir la pobreza es, en lugar de un instrumento para monitorear avances y retrocesos, un estigma para quienes la padecen. En el reino del revés la demagogia es reina consorte, y la meritocracia está encerrada en la torre.

En el reino del revés, ´Cabe un oso en una nuez´, dice la canción. 

La abrumadora mala praxis de los gobiernos en Argentina para disimular sus tropelías delictivas solo se digiere si se lee en tono de ficción. Allá por los 80s un dictadorzuelo eufórico, vestido en tonos de verde y envalentonado por unos tragos de más, desafía a la isla con más territorios en ultramar invadiendo territorio que está bajo su dominio, y envía adolescentes inexpertos a que mueran de frío por la patria. Lo hace para salvar su imagen y mantenerse en el poder. Como era de esperar, fracasa en todo. Años más tarde, un ministro de obras públicas, gestor del presupuesto público más alto de la administración, es grabado por cámaras de seguridad arrojando bolsos con miles de dólares en efectivo por encima de la pared de un convento, y cargando un arma de guerra con la habitualidad con la que un funcionario lleva un maletín. Marche preso, porque para casos tan alevosos y transmitidos casi en directo por TV no hay salvoconducto posible, al menos hasta ahora. ¿Cabe un oso en una nuez? Sí, porque su jefa, que es la jefa de la Nación, en lugar de sancionarlo y aclarar el desvergonzado episodio, opta por el silencio y la victimización. En el reino del revés, un ministro de desarrollo social, cuyas partidas presupuestarias crecen proporcionalmente al ritmo del aumento de la pobreza, compra comida para distribuir a los más necesitados, pero lo hace a precios mucho más altos que los que impone su propio gobierno a los vendedores particulares para estos mismos productos. Si esto no es esconder un oso en una nuez, que alguien me explique la expresión. Hay más: A un alto funcionario, siempre generoso con fondos del pueblo, se le ocurre que las amas de casa, madres dedicadas a la gestión de sus hogares y la crianza de sus hijos, tienen derecho a una jubilación. El romanticismo de la idea, causa noble si las hay, mata cualquier análisis básico que alerta sobre la incorporación de 3 millones de beneficiarios al sistema de pensiones. Una presidente del gobierno en busca de 3 millones de votantes para garantizar un segundo término de gobierno se conmueve con la idea, que parece hecha a medida como sus miles de tailleurs, y lo implementa con urgencia. Las cuentas públicas se sorprenden, y los funcionarios a su cargo descubren que la matemática es una ciencia exacta al ver cómo el déficit aumenta en la misma proporción en que se multiplican los beneficiarios. En el reino del revés, hacienda valida gastos por encima de los ingresos y pinta de rojo los balances que ya parecen cuadros de Van Gogh. El oso en la nuez es populismo disfrazado de justicia social. Años más tarde, un gobierno iluminado alerta sobre el peso desmedido del gasto público y se pone a trabajar para reducir la brecha con los ingresos. Bienvenida la iniciativa. Entiende que, para financiar el mientras tanto, es mejor pedir prestado. Aprovechando su buena reputación con las potencias del mundo, coloca la mayor deuda pública del país con acreedores privados, en denominación y bajo ley extrajera; pero no lleva adelante su plan de recorte de gastos, y decide endeudarse con organismos multilaterales para financiar el pago de esta deuda que se suma a los gastos corrientes. En el reino del revés la deuda sirve para asumir gastos corrientes, y no para financiar inversiones. 

En el reino del revés, ´Un año dura un mes´ dice la canción. 

En la Argentina del revés la arbitrariedad y el centralismo en el proceso de toma de decisiones de políticas públicas es tal, que los decretos de necesidad y urgencia son considerados instrumentos válidos de gestión pública. El sistema presidencialista exalta la figura de quien se sienta en el sillón de Rivadavia (el trono de la República) erodando la piedra fundamental de los sistemas republicanos: la división de poderes. El arribismo de las fuerzas políticas acompaña un sistema perverso, en el que el presidente carga con todo el peso de las decisiones, y la responsabilidad de los partidos se diluye, y se reduce a tareas nimias como la de gestionar una escribanía del poder en el caso del oficialismo, u operar una máquina de denuncias televisivas en el caso de la oposición. Así, con decretos de necesidad de urgencia se aprueban nacionalizaciones de servicios públicos, mientras que, del otro lado del charco, en el reino del derecho, para las mismas decisiones se organizan referéndums. En el reino del revés, se da el confinamiento más largo del mundo como repuesta a la pandemia del COVID y se alcanzan cifras de contagios también de las más altas. Y la culpa es, siempre, de quien, además de ser la cabeza de la gestión, se auto unge con la responsabilidad de ‘cuidar’ a los ciudadanos. En la Argentina del revés un gobierno decide estatizar los servicios de agua e hidrocarburos por considerarlos esenciales. Lo hace diez años más tarde de que un gobierno del mismo partido los privatizara. El único obstáculo son los contratos de concesión firmados a 100 años por parte de un estado que todo lo paga, con fondos de los contribuyentes, naturalmente. Un presidente anuncia las estatizaciones con euforia; los sindicatos le ponen la música con bombos y pancartas; los otros poderes del estado miran, aplauden, certifican, y vuelven a aplaudir; y los ciudadanos, eternos ingenuos y financistas seriales, creen una vez más que se beneficiarán con las decisiones de su gobierno sin saber que pagarán doble esta osada jugada cuando los tribunales internacionales fallen en contra de las nacionalizaciones, y obliguen al Estado a pagar millonarias compensaciones a las empresas. En el reino del revés, donde 100 años duran diez, los contratos son traspiés.

Que se vayan todos 

Los talentos del reino del revés, jóvenes y aptos, protagonizan un éxodo lento y constante en búsqueda del santo grial: la estabilidad. Huyen, acostumbrados a lo insólito, en búsqueda de lo previsible. Y allí donde van, lo encuentran. Es lógico, porque no piden mucho más que lo básico: estabilidad monetaria, seguridad jurídica y un sistema meritocrático. En un contexto que garantice reglas de juego claras pueden competir limpiamente y disfrutar de los frutos de la competencia. Es agotador, y es frustrante. Porque no es ficción, sino realidad. Es doloroso, son familias que se aferran a su posición en la escala social, con esfuerzo y dedicación, y son testigos tristes de la movilidad social descendente. 

El reino del revés no aguanta más. Argentina demanda hoy, una vez más, una renovación completa de su clase política y dirigente. Crece en la ciudadanía un sentimiento que ya surgió con fuerza en la crisis del 2001 y que se inmortalizó en la frase: ‘que se vayan todos’. En aquel entonces, surgió un líder ignoto para la opinión pública en general, que pareció representar el cambio y fue el garante de la continuidad de un sistema corrupto y endogámico. El reino del revés debe enderezarse y convertirse en república. La reina del nuevo sistema debe ser la meritocracia. Y todas las reformas del sistema deben ser diseñadas a su imagen y semejanza. Dos elementos distintivos de nuestra época deben ser garantes de este nuevo sistema: la tecnología y la gobernanza. De la mano de la tecnología, que democratiza y todo lo visibiliza, debe llegar el fin de la impunidad. Solo así, la canción de María Elena Walsh podrá ser, por siempre, una canción infantil. 

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