El management español en la vanguardia

Acabo de concluir la elaboración del libro Aprender a gobernar de los mejores (2021). En los largos meses que he dedicado a escribir este libro, he verificado con creciente satisfacción cómo va disminuyendo el seguidismo de algunos coetáneos que hasta hace pocos lustros oteaban en el mundo germano, galo o anglosajón el conocimiento preciso para timonear organizaciones. 

En la actualidad, un selecto grupo de pensadores españoles aportan discernimiento para gobernar con acierto, con conceptos más convenientes y adaptados que otros importados, porque conocen nuestra idiosincrasia. Por eso, aunque recomiendo fehacientemente la lectura de los 32 capítulos de mi libro, cada uno con un protagonista, incido en la relevancia de los capítulos dedicados a intelectuales de la talla de Javier Fernández Aguado (conocido como el Peter Drucker español, director de la Cátedra de management de Fundación ‘la Caixa’ en el IE), Luis Huete (notorio profesor del IESE), José Aguilar (el gurú de la gestión del cambio) o Nuria Chinchilla, con sus sabias aportaciones sobre la figura de la mujer en las organizaciones y la relevancia de aprender a vivir compatibilizando aspiraciones profesionales con personales y afectivas.

Cualquier decisión, por andadera que parezca, acopia una porción de injusticia. No existen opciones impolutas. A la hora de seleccionar a los pensadores que he incluido en Aprender a gobernar de los mejores (Ceinsa, 2021) puedo haber cometido, siquiera involuntariamente, alguna sinrazón. Son numerosos los autores que podría haber incorporado a mi estudio, pero por algún lado tenía que cortar. Lo explicaré con una metáfora: cuando visitamos un palacio, recorremos por exigencias de tiempo algunas estancias, tendencialmente las más significativas. De ese modo, tratamos de hacernos una idea de cómo es el alcázar, aunque no lo conozcamos en todo su detalle. El criterio para optar por los autores ha sido riguroso. De semejante forma a como las estancias que permanecen abiertas en un monumento sirven para entender cómo es en general el edificio y lo que contiene.

Toda organización responde a la necesidad de solucionar una necesidad. Los obstáculos siempre parecen multiplicarse: desde cuadrar los guarismos a la hora de diseñar un balance, hasta mejorar la calidad de los recursos financieros y por supuesto los humanos. El entorno afecta notablemente. Reclama una perspectiva amplia, en la que las personas son, en cualquier caso, lo más relevante. Esa es la idea que vertebra la selección.

He incluido en mi estudio a profundos pensadores del management, nacional e internacional: Peter Drucker, Javier Fernández Aguado, José Aguilar, Nuria Chinchilla, Rodrigo Jordán, Víctor Hugo Malagón o Ricardo Hernández. He incorporado también a otros que abordan cuestiones relacionadas con la competitividad como Michael Porter o Renée Mauborgne. He añadido autores que, desde un punto de vista estrictamente pragmático, como son Harold Geneen o Jack Welch, tienen aportaciones que realizar sobre el día a día de las organizaciones. Esa visión se ha enriquecido con la contribución de quienes permiten conocer la realidad de nuestra naturaleza a través de reflexiones científicas -Daniel Kahneman o Steven Pinker- sobre la toma de decisiones o las conductas de los individuos. También analizo a quienes dilucidan conflictos políticos, aunque no siempre con perfilada finura, como Antonio Gramsci o Roger Scruton. No podía faltar la referencia a argumentos sociales o políticos esbozados por Byung-Chul Han o Raymond Aron. Dada esa intención abierta y desprejuiciada, se ha contado con clásicos (en realidad todos los analizados lo son, no por viejos, sino porque superan el filtro del tiempo) que sirven para calar mejor en las motivaciones de la criatura, como Thomas Hobbes o Baltasar Gracián, así como en los afanes espirituales a la hora de dirigir organizaciones: san Bernardo de Claraval o santa Teresa de Jesús. Por último, he enriquecido esa visual con una perspectiva humanística y moral, gracias a Aristóteles, Santo Tomás de Aquino o Michel de Montaigne.

Brindo a los interesados una introducción a la obra de estos referentes mundiales. Mi propósito no es suplantar la lectura de la obra de esos pensadores, sino invitar a profundizar en ella. En un contexto cambiante y fragmentado, donde los tiempos, sujetos a lo digital, parecen acelerarse cada mañana, se antoja necesario ir a lo esencial, a aquello que no cambia y que permanece, como es el caso de la naturaleza humana: sigue siendo tan misteriosa como sorprendente, rara vez previsible. O menos de lo que creen algunos arrogantes. Basta, en fin, con tener un espejo en casa y soportar su reflejo para entender de qué estoy hablando.

La formación humanista, tantas veces ultrajada en las escuelas de negocios o las facultades de Empresariales, es primordial para cualquier directivo que, además de con los números debe lidiar con esa rara sustancia de la que fuimos  reados los hombres y que se despliega, como el agua que recorre la montaña, en vertientes diversas, desde biológicas a morales. Esta preparación proporciona herramientas válidas para que el directivo se conozca mejor a sí mismo, ardua tarea surcada de caminos hacia la nada o laberintos concéntricos que nunca se termina y que por eso precisamente es apasionante y útil. Nunca está de más contar con mapas.

El elenco de autores da pistas de hacia dónde he aproado, suscita una curiosidad bien entendida (es más studiositas que curiositas) e indaga no solo en los propuestos, sino también en otros, ya que el universo del pensamiento, según la metáfora que vengo empleando, es un palacio en cuyo interior, entre sombras y luces, una puerta da paso a un pasadizo secreto que conduce a una estancia, hasta que nos damos cuenta de que lo que importa no es tanto llegar a un destino como recorrer incansablemente la mansión, sin parar, pues ese y no otro era el objetivo del arquitecto. Como dijera Jacob Burckhardt, únicamente en el movimiento, por doloroso que sea, hay vida. Cualquier saber sobre la realidad siempre es incompleto. A veces importa más cómo se piensa que lo que se piensa.

Despreciar la tradición o la modernidad es tan erróneo como minusvalorar la espiritualidad o la ciencia. A la hora de formarnos, no hay que detenerse, sino seguir avanzando hacia lo más profundo. Estancia tras estancia se añadirá́  complejidad e incertidumbre, ya que mucho de lo que habíamos dado por supuesto solo era una quimera. Por paradójico que suene, esa mirada, toda vez que nos adentremos, estará́ más enfocada y resultará más precisa. Nos será de utilidad, tanto a la hora de lograr que nuestras organizaciones sean más eficientes como a la de comprender mejor a nuestros semejantes. Agradezco a los intelectuales que me han ayudado en la elaboración de esta investigación, que espero sean de provecho para numerosos directivos y para muchas otras personas que no tienen por qué ocupar puestos de gobierno.

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