Adiós a la nueva normalidad

Me cuesta el término “Nueva normalidad”. Lo reconozco. Al principio lo toleraba mejor, casi lo asumía, y me parecía una forma interesante de definir el entorno que nos había tocado vivir de forma simple, esquemática y marquetiniana. Esa tendencia tan actual de poner nombres nuevos a las cosas de siempre. 

Con el paso de los días se me fue atragantando, enquistando, diría que pasé a no soportarlo por la frecuencia con que es usado estos días y muy posiblemente por el halo de misterio e incertidumbre que impregna a nuestro futuro cercano. A fecha de hoy, tengo la profunda convicción de que será una expresión que quedará desterrada de nuestro vocabulario. Paso a explicarme.
 
Hemos vivido unas semanas, meses, terribles. La enfermedad y el fallecimiento de seres cercanos, queridos, o de personas queridas para tus allegados ha llegado a estremecer nuestras emociones, a producirnos un dolor y una tristeza casi insoportable. 
 
Ahora salgo a la calle, miro alrededor y veo gente perdiendo el miedo, ese miedo que nos protegía, relajando la distancia física que hemos quedado en llamar social sin saber por qué.  Ya no hay colas por las mascarillas, se desvanece ese afán por comprar una mascarilla hasta el punto de que nos preocupa más si la mascarilla nos molesta, e incluso los más optimistas, que, sin ninguna base científica sólida, sentencian confirmando que el virus ya está superado y vencido.  Y, entonces, ¿para qué tolerar la dificultad de estos protocolos y medidas por las que los sanitarios y los científicos se desviven en seguir promulgando día a día? Nada ha cambiado en la sociedad en realidad, o muy poco. Y cuando pasen los meses y se encuentre un tratamiento efectivo o la vacuna, todo volverá a ser como antes, o casi.
 
Si trasladamos esta realidad social, con la que espero que muchos se vean identificados, nos encontramos con su paralelismo entre el mundo real y en el mundo empresarial.  Todo iba a ser diferente, los gobiernos protegerán más su sanidad y la gestión de pandemias, sanitarios y científicos estarán más reconocidos, ya no van a existir oficinas físicas, solo colaborativas, el teletrabajo será la única opción, la gestión de riesgos empresariales tendrá un antes y un después, el mundo de los RRHH no volverá a ser igual… Afirmaciones todas ellas que todos hemos escuchado en estos tiempos recientes.
 
Y yo me pregunto, si todo esto no estaba ya cambiando. Si el teletrabajo no era ya una realidad en muchas empresas (unas más que otras, es verdad), si el ciber-riesgo no era una de las principales preocupaciones de los CRO en el mundo empresarial, si la digitalización y la automatización de procesos en las compañías no estaba a la orden del día,  si el wellbeing y la sostenibilidad no estaban ya en la agenda de los consejos de las sociedades, y si la escucha a empleados no empezaba a ser clave -o ya lo era- para muchas organizaciones y sus CHRO. También me pregunto si la búsqueda de la eficiencia retributiva y la incentivación del ahorro en las organizaciones no eran ya objetivos que representaban el leitmotiv de las áreas de compensación y beneficios, entre otras.
 
La realidad es que este virus va a resultar un acelerador de muchos de estos procesos que ya estaban en marcha, pero también es un hecho constatable que “la cabra tira al monte”.  Los líderes de las organizaciones que, con sus razones tenían reparos al teletrabajo, tratarán de retornar a “su” normalidad lo antes posible; aquellos otros líderes con mucho foco en el negocio y menos en las personas, volverán a operar con sus mismas metodologías; los que creían tener suficiente control en la gestión de sus riesgos empresariales, volverán a una situación muy similar a como se encontraban antes de la pandemia; y aquellos que ya tenían una visión de cambio permanente, seguramente, tendrán la inteligencia y habilidad de usar esta crisis como acelerador de un cambio que ya se estaba produciendo y continuará.
 
Lo que seguirá vigente, sin lugar a dudas, es que la cualidad más apreciada en estos tiempos será la agilidad de los individuos para adaptarse a los cambios que vengan, sean más o menos acelerados, sean más o menos drásticos, sean como sean.  Y que la gran dificultad será identificar esa cualidad en las personas de tu organización y en el mercado. Eso seguirá vigente.
 
Los hechos que hemos vivido y vivimos hablan por sí solos como para saber qué esperar en lo referente a los gobiernos, la sanidad, la prevención de pandemias, la valoración de científicos y sanitarios y en la responsabilidad político-social para que se acometan cambios muy necesarios.  
 
Comenzaba con un adiós a la “nueva normalidad”, quizá un constructo sin sentido que todos llegamos a aceptar para definir lo desconocido ante una sacudida tan brutal como la de este virus. En realidad, solo cada día es nuevo dentro de nuestra normalidad y con eso construimos la normalidad de todos. Cada día descubrimos en nuestra vida una nueva normalidad que incorporamos al día siguiente, cada día conlleva retos, respuestas, adaptaciones, necesidades que tratamos de cubrir … Y, al final del día, descubrimos que ha sido un día más, un día normal, como siempre. Con nuestros aprendizajes y nuestros errores. Con una velocidad cada vez mayor. Nuestra normalidad. Es por todo ello que concluyo con un adiós a la nueva normalidad, y una bienvenida a la normalidad de siempre.

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