Análisis y Opinión
La tecnología nos ayuda a mejorar la productividad
Publicada originalmente en abril de 2009
Última actualización 01/04/2009@02:15:55 GMT+2
Muchos profesionales piensan que deben dedicar quince o veinte horas diarias a su empresa, porque en caso contrario ésta se vendría abajo. Craso error que a veces se acompaña de otras actitudes aún menos saludables, como estar permanentemente conectados, día y noche, laborables y festivos, a los diferentes dispositivos electrónicos que la empresa pone a nuestra disposición.
A veces no saben desconectar ni en el bautizo de sus hijos. A mediados de enero me contrataron para una charla en una empresa de telecomunicaciones. Una de las cuarenta más importantes del país. Lógicamente omito el nombre.
Me encontré con diez ejecutivos que no estaban muy convencidos de querer escuchar lo que yo pretendía contarles. Además, les extrañó que en una mano llevase mi ordenador portátil y en la otra un cubo de fregar lleno de agua.
Les expliqué que el ordenador lo utilizo para poner diapositivas y videos. Y el cubo con agua para tirar allí cualquier aparato que suene durante el tiempo que yo permanezca en la empresa. Por supuesto, si sonaba el mío también iría al fondo del cubo. Ya tuve yo buen cuidado de apagarlo.
Empezamos a hablar y ver de qué manera utilizaban esos profesionales la tecnología puesta a su disposición por la compañía. Nada anormal. Día y noche enganchados, y encantados. Pensaban que eran los más activos, competentes y rentables para la empresa.
A la media hora, a pesar de mis advertencias, sonó un móvil, que luego resultó ser una blackberry de esas de más de mil euros. Toda una pocholada.
El ejecutivo en cuestión, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo ni tener en cuenta lo que les había advertido nada más empezar, se puso a hablar con su interlocutor, durante al menos cuatro minutos. Una conversación muy trascendente: estaban quedando para comerse unos chuletones y tenían que decidir el lugar.
Las llamadas inoportunas
Los demás estuvimos callados mientras tanto. El que estaba hablando mandaba mucho allí. Cuando terminó le pedí que me enseñase ese aparato tan majo. Me lo dejó todo orgulloso, e inmediatamente, tal como les había prometido, acabó en el cubo del agua. Totalmente inservible, por supuesto.
Se puso histérico. Era uno de los jefazos de la empresa y me echó con cajas destempladas. Por supuesto, me dijo que no me iban a pagar. Recogí mi ordenador, tranquilamente, y me marché. El cubo de fregar y la blackberry quedaron en la sala. Por la tarde tenía una charla en un colegio y quería aprovechar para actualizar algunos datos sobre redes sociales, algo que preocupa mucho en estos días a padres y profesores.
Lo que había ocurrido en esa sala se propagó rápidamente por toda la empresa. Al perjudicado no sólo le iba a costar un buen dinero comprar otro aparato similar (aunque probablemente lo pagase su compañía), sino que iba a necesitar muchas horas para configurarlo y meter toda la información que ahora había perdido en el fondo del cubo del agua. Lo peor es que algunos datos se habían perdido para siempre. El tío me odiaba a muerte. Si hubiese tenido un cuchillo probablemente me habría apuñalado o si me hubiese visto cruzando la calle me habría atropellado y se habría quedado tan tranquilo.
A las dos semanas me llamaron de la misma empresa. Yo pensé: demanda judicial a la vista. Pero no, en realidad querían volver a contratarme, no sólo me iban a pagar lo que había concertado con ellos la vez anterior sino que me ofrecían el triple por otra charla, con la promesa de que absolutamente nadie llevaría aparato electrónico alguno que pudiese distraerse de lo que se hablase en esa sala. No porque lo que yo fuese a contar fuese importante, que lo era, sino por el respeto que merecíamos todos los que íbamos a estar allí.
La charla sería dos semanas después, pero puse como condición que la persona a la que le había estropeado su blackberry estuviese también presente. Me dijeron que era ese ejecutivo quien había pedido que se repitiese el encuentro.
Acudí dos semanas después. Luis, nombre ficticio, por supuesto, me dijo que había aprendido la lección. Se había dado cuenta de que por su mala educación y por ganar tres minutos ese día en algo intrascendente, había perdido muchas horas configurando de nuevo ese aparato.
No sólo me agradeció lo que había hecho sino que le puse a hablar ante sus colegas de la experiencia. Comentó que en ese tiempo, hasta que recibió su nueva blackberry, se había dado cuenta de lo bien que lo pasaba con sus dos hijos pequeños sin interrupciones. Ellos siempre se quejaban de que papá estaba todo el rato hablando con el móvil y no les hacía caso.
Resulta que debajo de su casa había un parque con columpios al que iban los amigos de sus hijos con sus padres. Y él no se había enterado. Ahora ya lo sabía, y cuando bajaba al parque dejaba el móvil en casa. Si alguien llamaba ya contestaría más tarde.
A la empresa también acudía más relajado. Contaba a sus compañeros las travesuras de sus hijos en los columpios. Él mismo se notaba con más ganas de trabajar, aprovechar el tiempo para hacer todo el trabajo pendiente y marcharse a casa lo antes posible, sin prisa pero sin pausa, para bajar al parque con sus hijos.
Los chavales estaban encantados y sus compañeros de trabajo también porque le notaban de mejor humor. Y todo porque había aprendido a hacer un uso razonable de esa tecnología que la empresa pone a su disposición.
¿Qué hacemos en Adicciones Digitales?
Nosotros, en Adicciones Digitales, damos charlas y organizamos coloquios y mesas redondas en empresas, colegios y diversas instituciones. Intentamos dar algunas claves para que se pueda hacer un uso razonable de la tecnología. Que sirva para hacernos la vida más fácil y no para complicárnosla.
A muchos padres, educadores y profesionales la tecnología les supera. Se sienten perdidos. No saben qué hacer. Mientras, sus hijos no sólo disfrutan con todo ello, sino que da la impresión de que esos aparatos son una extensión más de su cuerpo, como si de otro brazo se tratase.
El problema es que los chavales, generalmente, no saben distinguir entre el uso, el abuso y la adicción, y los profesionales tampoco.
Nosotros les mostramos las ventajas e inconvenientes de todo ello. Luego serán ellos quienes decidan si nos hacen caso o no. Pero al menos la información la tienen a su disposición.
Su primer gran error es pensar que siempre tienen que estar conectados, cumpliendo su labor profesional.
Una empresa moderna quiere que sus profesionales hagan bien su trabajo, y si lo pueden hacer en seis horas en vez de en quince, mejor que mejor. Se trata de sacar rendimiento a su trabajo no de explotarles como a esclavos.
Esto que parece algo muy simple, ha supuesto un cambio cultural muy importante en el mundo de la empresa. Ya no se exige al trabajador que esté las ocho horas sentado a su mesa, se le exigen resultados.
El uso de internet en el trabajo para fines particulares
En esa segunda charla que tuve con los ejecutivos de esa empresa, mi amigo Luis, porque ahora es mi amigo, aunque tiene mucho cuidado de no dejar su balckberry a mi alcance, comentó que estaba un poco cansado de que muchos empleados dedicasen parte de su tiempo a navegar por Internet, para cuestiones personales, muchas veces para ver el Marca o el As, y consultar las cuentas del banco o el correo electrónico privado.
Curiosamente tres días antes se había publicado un informe elaborado por la Universidad de Australia de Melbourne. Una vez más, Luis se dio cuenta de su error y de los prejuicios que tenía sobre el uso de la tecnología. El informe dejaba claro que los empleados internautas son un 9 por ciento más productivos que los otros. Eso sí, el trabajo se refiere a que mejora la productividad sólo en las personas que navegan menos del 20% de su tiempo laboral.
Brent Coker, el autor del trabajo, afirma que "los descansos breves permiten descansar la mente, obteniendo una concentración total más alta y, por tanto, un aumento de la productividad".
A los anglosajones les encanta poner nombres a todo este tipo de cosas, y a esta actividad, en concreto la han denominado WILB -Workplace Internet Leisure Browsing. Esto, traducido al castellano viene a significar algo así como “Cosas que hacer en Internet cuando deberías estar trabajando”. Y aquí, en España, que no vamos a ser menos que los americanos, también le hemos puesto a esto su nombrecito. Cuando estamos realizando actividades lúdicas en nuestra hora de trabajo, a esto lo llamamos “internetear”.