Envidio a los corredores de fondo, envidio su capacidad, su disciplina, su voluntad de triunfo. Pero especialmente les envidio porque ellos siempre saben lo que les queda.
Puede que un metro, puede que diez, puede que incluso solo medio metro, hasta la meta. No importa, saben lo que les queda y en consecuencia cuando abandonan, si es que abandonan, lo hacen sabiendo que no pueden más, tomando conciencia de que el desafío que se han impuesto, les desborda.
Ojalá nos pasase igual a nosotros, los corredores de fondo de la vida. Ojalá supiésemos cuando nos queda hasta la meta. Claro que podemos tener esta distancia más o menos definida, hay múltiples estrategias, formas y métodos de intentar aproximarnos a la realidad, todo lo posible, pero no nos engañemos, y seguro que si usted, amable lector, amable lectora, es otro corredor de fondo, coincide conmigo. Nunca se sabe con exactitud cuánto falta.
Seguimos y seguimos, la mayoría de las veces porque tenemos que seguir, porque hay algo en lo más profundo de nuestro corazón que nos impulsa a seguir, que nos impide abandonar. Seguimos y seguimos, incluso en muchas ocasiones, sin tener clara la meta, mucho menos la distancia para llegar a ella, pero sabiendo que no nos gusta donde estamos.
Corredores de fondo de la existencia, emprendedores que un día decidieron hacer con su vida algo diferente, luchadores que por encima de todo asumieron una forma de pensar que rompía los límites mentales de la sociedad en la que habían crecido. Se lanzaron, tenían un sueño, algo que les quemaba el estómago, una bola de fuego que les obligaba a seguir, y seguir… incluso cuando todos abandonaban.
Quizás esta sea la única forma de saber cuánto queda, cuando ya nadie te sigue, cuando todos han abandonado, entonces sí, entonces muy probablemente sepas que ya sólo te queda medio metro. Pero ¡hay amigos míos!, es el más difícil, porque incluso cuando sabes esto, ni siquiera ves la meta. Es pura intuición… aunque muchas veces utilizamos esta intuición como tabla de salvación… también precisamos auto-engañarnos para tomar fuerzas.
¿Qué hay en el alma de estas personas?, ¿Qué había en el corazón de Amancio Ortega, el fundador de Zara, cuando sin recursos, sin nada que le avalase, se atrevió a ir a Barcelona a pedir a crédito tejido para fabricar sus batas guateadas? ¿Qué había en las almas de los fundadores de Google para seguir y seguir y seguir, cuando las principales empresas del sector, ya posicionadas, rechazaron la oferta que estos les hacían para comprar su idea? ¿Qué impulsaba a Howard Schultz, el fundador de Starbucks (más bien quien lo convirtió en lo que hoy es) a seguir y seguir y seguir… superando 240 (si ha leído bien: doscientos cuarenta) negativas a invertir en su proyecto, hasta que llego al potencial inversor 241 que le dijo que si? ¿Qué impulsa a esos millones de empresarios de la distribución por multinivel a seguir y seguir y seguir… ofreciendo la oportunidad de negocio, la posibilidad de crear una nueva manera de vivir y de disfrutar de la vida, teniendo como respuesta de sus potenciales socios, muchas veces, sencillamente que no, que no quieren arriesgar ni siquiera unas horas de su tiempo, aunque sólo sea para conocer algo que les puede cambiar la vida, sin más compromiso que escuchar? ¿Qué es lo que impulsa a todos estos héroes de nuestro tiempo? Es un misterio, y sin embargo hay algo evidente: todos tenemos este ADN. Todos.
Sólo que nos da terror aceptarlo. Todos deseamos una vida en la que cada día sea un desafío a nuestras posibilidades, pero temblamos ante la sola posibilidad del fracaso. Todos nacemos con un espíritu creativo (¿algunos de nuestros lectores que sean padres han tenido que decir a sus hijos, cuando eran, o son, pequeños las múltiples posibilidades que tiene un simple ovillo de algodón?), pero poco a poco la sociedad nos va integrando en una mentalidad creada en la época industrial, en la que los seres humanos, como los coches, era necesario que fuesen una reproducción, unos de otros, al menos a nivel emocional.
Pero volvamos al título de este articulo. ¿Cuál es el límite? El límite lo ponen tus sueños. Y no son palabras bonitas.
Es cierto que hay momentos en que las circunstancias no te dan más que una posibilidad: seguir, porque no tienes más remedio, pero aquí no estamos hablando de esto, estamos hablando de la dirección a seguir.
Y como decía el poeta Eliot, siempre podemos elegir entre dos caminos: o el más transitado, o el más solitario. ¿Qué nos impulsa a permanecer en el segundo? Influidos todavía por las secuelas filosóficas de la época industrial, es una verdad aceptada socialmente que el espíritu emprendedor se dinamiza con subvenciones y programas de ayuda. Pagaremos durante muchos años las consecuencias de esta miopía, pues los emprendedores que puedan surgir (con las lógicas excepciones, afortunadamente cada día más numerosas) de esta filosofía responderán más bien a la demanda del siglo XX, por no decir del XIX, que del XXI.
No, las subvenciones, las ayudas públicas no aportan razones suficientes para seguir, cuando los demás abandonan. Lo que nos impulsa a seguir es un sentimiento de misión, el convencimiento de que tenemos que dar algo al mundo, que este necesita, la firme sensación de que sencillamente “tengo que hacerlo”. ¿Es que el mundo necesita distribuidores por multinivel?, por favor, seamos valientes. EL MUNDO NO NECESITA DISTRIBUIDORES POR MULTINIVEL, lo que el mundo necesita son personas que se levanten cada mañana dispuestos a hacer de ese día un nuevo desafío a sus posibilidades, lo que el mundo precisa, y urgentemente, son personas abiertas a las oportunidades, lo que la sociedad demanda con fuerza es pasar de una vida de espectadores, a una vida de protagonistas.
En otras palabras: el mundo precisa un modelo de persona convencido de que solo dando, puede recibir, que solo arriesgando puede crear, que solo superándose a sí mismo, puede construir una vida plena.
Bueno, lo acepto, esto es la distribución por multinivel. Pero si bien “son todos los que están, no están todos los que son”. No tengo la más mínima duda de que los ejemplos citados de Zara, Google y Starbucks, podrían ser perfectamente distribuidores de este negocio, pues todos tienen algo en común: la misma forma de entender la vida. Pero eligieron otro camino… también poco transitado.
El límite no lo ponen las circunstancias, el límite lo ponen tus sueños, tu capacidad de visualizar la vida a la que tienes derecho, pero especialmente tu sentido de la responsabilidad: si voy a dar mucho a la vida… debo pedir a la vida mucho.
Es así de simple. Con frecuencia desconocemos una ley de la vida, que casi podríamos decir que es cuántica: la vida te da tanto como la pidas.
Y este es el problema: que la pedimos poco. La pedimos seguridad, estabilidad, control… y claro es lo que nos da. Es decir: poco. ¿Se puede controlar el infinito? Pero cuando pedimos a la vida grandes horizontes, enormes desafíos, compartir las conquistas, entonces la vida nos corresponde. Claro que si usted amable lector, amable lectora, si es de los escépticos, es más que probable que con ironía se esté diciendo: “Pues yo pido mucho a la vida y esta no me da nada…” ¿está seguro?, ¿está segura?
Analice sus actitudes. ¿No será más bien que usted juega con su vida a la lotería… pero sin comprar el décimo? No, si yo por desear si deseo una vida mejor… oigo con frecuencia. ¿Y cuanta acción hay detrás de este deseo?, ¿cuánto compromiso hay con sus sueños?, ¿está usted comprometido con ellos, o simplemente está esperando a que alguien, o algo, se los traiga, o le dé una oportunidad?, ¿está usted hipotecando su vida a que algo especial ocurra? Y es que hay una relación directa entre los límites, el tamaño de los sueños y la acción. Las tres variables forman una ecuación, si falla una… no hay resultados.
Los límites los ponen el tamaño de sus sueños… además de la acción que usted ponga para materializarlos. Tiene que haber una relación. Ninguno de los ejemplos citados seria hoy una realidad con actitudes contemplativas. Hubo acción y el volumen de esta fue proporcional al de los sueños de sus inspiradores.
Analice usted su ecuación y tendrá la respuesta a la pregunta que da título a este artículo. ¿Cuánta acción pone usted detrás de sus sueños? Claro que hay, probablemente, un cuarto factor: la eficacia. Pero aquí no estamos hablando del proceso, que es importante, sino de la meta. Probablemente esto sea motivo de otro artículo. ¿Cuál es el límite?, usted tiene la respuesta en lo más profundo de su alma, solo le falta tener el valor suficiente para enfrentarse a esta verdad.
Suerte.
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