Análisis y Opinión
Última actualización 06/10/2010@02:16:30 GMT+2
Un informe publicado por Cotec relaciona un total de 57 indicadores culturales con la capacidad de innovación de los países de la Europa de los 15.
(Medianell 06/10/10) Entre los diez retos de la competitividad española que Cotec presentó recientemente, el primero y más importante se refería a la necesidad de mejorar el sistema educativo, de forma que todos los niveles formativos consigan no sólo que los alumnos adquieran conocimientos, sino también que se capaciten para aprovecharlos, aprendan a valorar su utilidad y sepan aplicarlos de forma participativa.
Fruto de esa preocupación, Cotec acaba de publicar un informe sobre "La cultura de la innovación de los jóvenes españoles en el marco europeo", que ha sido elaborado por el Profesor Víctor Pérez-Díaz, Doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y Presidente de Analistas Socio-Políticos, y por el Profesor Juan Carlos Rodríguez, Investigador de Analistas Socio-Políticos.
Primera investigación sobre los condicionantes culturales de la innovación en España
El informe es el resultado de la primera investigación que se realiza en nuestro país centrada en estudiar los condicionantes culturales de la innovación tecnológica en España, y está basada en un completo análisis de esos factores culturales a partir de una amplia variedad de indicadores obtenidos de encuestas internacionales y aplicados a la población joven, de 15 a 29 años, de España y del resto de los países de la Unión Europea de los 15.
Las principales conclusiones del informe son dos. La primera se refiere a que las mayores tasas de innovación, medidas en patentes por millón de habitantes, se dan en los países en los que más se observa un síndrome cultural caracterizado por el cultivo de la inteligencia, incluyendo la dimensión artística, la confianza en uno mismo y la ecuanimidad en el trato con los demás, una reducida aversión al riesgo, la confianza generalizada en los demás, una corta distancia entre la ciudadanía y las élites políticas y económicas, y una gran amplitud de horizontes vitales.
Así, se observan relaciones positivas y sustantivas entre la capacidad de innovación de los países y varios indicadores tales como los resultados en los tests internacionales de Matemáticas, el esfuerzo en el estudio, la lectura de libros y el menor consumo de televisión, y especialmente con la práctica habitual de actividades artísticas. También se observa esa relación con la emancipación más temprana del hogar familiar, la menor aversión al riesgo, y un conjunto de actitudes que apuntan a una mayor confianza de los jóvenes en sí mismos y en los demás, con un mayor nivel de asociacionismo, y con la menor alienación política o distancia del poder político. Por último, la capacidad de innovación correlaciona positivamente con indicadores de mayor amplitud del horizonte vital, como la menor fuerza de la identidad local o el mayor contacto con el exterior, por ejemplo, a través del conocimiento de idiomas o de viajes o estancias en el extranjero.
La segunda conclusión apunta a que España presenta todavía tasas bajas de innovación, y ello puede deberse, en parte, al escaso desarrollo de ese tipo de rasgos culturales, algo en lo que se ve acompañada por otros países de la Europa mediterránea, y que les separa del resto de países de la UE-15, especialmente de los del norte de Europa.
El hallazgo de ese síndrome cultural abre una nueva vía para el entendimiento de los sistemas nacionales de innovación y plantea nuevos retos para su mejora. Por una parte, no basta con dotarse de los recursos económicos y las instituciones adecuadas, sino que es necesario preocuparse por la calidad de esas instituciones y la cultura subyacente. De hecho, a pesar de los últimos treinta años de economía de mercado, de vida democrática y de expansión del sistema de enseñanza no parece haber mejorado sustancialmente la cultura de la innovación de los españoles.
Por otra parte, tanto en el estudio de la investigación y la innovación como en las propuestas de reforma de las mismas, hay que centrar la atención en los procesos de socialización a través de los cuales se adquieren las virtudes morales adecuadas, es decir, en la vida familiar y el sistema de enseñanza, pero también en los medios de comunicación y en otras instancias culturales, así como en la conducta de los líderes políticos y económicos.