Otro vendrá que bueno me hará

De nuevo el refranero español me brinda el soporte para iniciar el editorial. Perdonen mi insistencia, pero creo que el acerbo popular posee un conocimiento difícil de superar.

Parece ser que esta frase tiene su origen en el siglo iv a.C. cuando una anciana de Siracusa rogaba porque Dionisio el Antiguo, cruel tirano gobernador de la provincia, tuviera una larga vida. Y todo ello porque cada vez que rogaba a los dioses para que el tirano de turno cayera fulminado en el menor espacio de tiempo posible y era escuchada, llegaba uno que convertía sus vidas en una pesadilla aún peor.

¿Qué sentido tiene toda esta introducción? Pues porque estoy absolutamente convencida de que este refrán se ha convertido en la frase de cabecera del Ministerio de Hacienda, sea cual sea el nombre completo que el gobierno de turno adjudique al ministerio, y quién sea su titular.

Continuaré este escrito utilizando la palabra titular (persona que ejerce un cargo o profesión con título o nombramiento oficiales) para describir al que ocupa la más alta dignidad dentro del Ministerio, porque quiero evitar que me echen a las fieras si, hablando del ministro de turno, pretendo que se entienda que me refiero a ministros y ministras. Este tema ya me aburre, pero el entorno en el que me muevo impide que lo pueda olvidar y me lo recrimina constantemente.

El caso es que cada vez que las arcas del Estado se vacían, el Gobierno inicia una nueva campaña de acoso y derribo a través del Ministerio de Hacienda. El problema es que los perseguidos siempre son los mismos: el ciudadano de a pie que logra llegar a fin de mes a duras penas.

Me resulta profundamente curioso que cuando se habla de que el Estado debería  reducir gastos, precisamente esos que son pequeños, pero absolutamente superfluos, la explicación que escucho para no eliminarlos es que se trata del chocolate del loro. Da igual que estemos hablando de importes pequeños, como de millones de euros. Sin embargo, a la hora de recaudar, meter la mano en el bolsillo del que apenas tiene para arañar doscientos, trescientos o incluso mil euros, pierde su categoría de chocolate del loro para convertirse en una prioridad.

Hace unos años nos lamentábamos, con el cambio de gobierno, de la ofensiva que lanzó el Ministerio a la caza y captura del euro perdido en cualquier tipo de declaración, pues bien, desde el verano, la proliferación de notificaciones ha llegado a extremos insospechados. Conozco personas que han recibido cinco notificaciones en la misma semana, una por cada uno de los años que la ley permite. Me han contado el caso de una paralela con una diferencia tan sustanciosa como increíble, ascendiendo el error a UN euro. Una cantidad que ni de lejos cubre la inversión en tiempo y recursos que ha tenido que destinar el Ministerio para localizar y gestionar tan grave afrenta.

Y, mientras tanto, los grandes defraudadores, las millonarias deudas, se quedan perdidas en las mesas abarrotadas de nuestro sistema judicial, no por falta de interés, sino porque este Ministerio no dispone de recursos suficientes para atender todo el trabajo. Unos tanto, otros tan poco. El sistema informático de nuestro Ministerio de Hacienda es la envidia de muchos países. Estornudas y Hacienda lo sabe.

Sin embargo, un pederasta condenado en una comunidad autónoma encuentra trabajo en un colegio de otra. Sinsentidos de la vida. Empiezo a plantearme si hacer como la anciana de Siracusa.

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